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¿QUE HA DICHO QUÉ? Los escritores a juicio

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Escribir es un acto que no goza de tanta libertad como parece, existen normas sociales tácitas que provocan la aceptación o rechazo de una determinada obra literaria sin importar su calidad. El poder de las palabras y su significado es tan grande que  el lector puede elaborar un criterio propio sobre un escritor por el impacto de una única frase. No es extraño colgar la etiqueta de  ‘criminal’ a un autor que jamás ha tenido problemas con la ley, son a los que Víctor Moreno se refiere como “delincuentes de las palabras”  en su obra  ¿Puede un crápula escribir bien?

Aristóteles en Retórica ya defendía que  a las personas honradas las creemos más y con mayor rapidez.  Por lo que el crédito también es factor importante para que el lector, movido a su vez por pasiones y sentimientos, decida llevar o no al patíbulo a un determinado escritor.

Desafiando la Opinión Pública

La Historia nos ha dejado grandes genios que no siempre han recibido el reconocimiento que merecían por parte de sus coetáneos.  Muchos de ellos fueron acusados de libertinos por salirse de las normas establecidas en la época y cayeron en la exclusión social. Un ejemplo muy significativo es el caso del considerado padre del sadismo, El Marqués de Sade, un señor crápula en toda regla. Ya en el siglo XVIII, lejos de verse influido por  “La opinión del vulgo imbécil”, sus escritos rompieron los moldes establecidos y desafiaron a toda la opinión pública. El Marqués denunciaba la doble moral e hipocresía de las altas esferas francesas desde dentro, en un contexto elitista donde se buscaba el virtuosismo de cara a la galería.

Pero su camino marcado por el vicio y los excesos públicos  provocó tal rechazo por parte de una sociedad aparentemente pudorosa que pasó gran parte de su vida entre rejas. Fue encerrado en la fortaleza de Vincennes y La Bastilla hasta que logró la libertad tras el estallido de la Revolución Francesa. Sus letras fueron consideradas demoniacas y sus libros y manuscritos prohibidos y quemados en muchos países. Hay quien dice que el Marqués de Sade era más perverso en sus escritos que lo que era Donatien Alphonse François de Sade en la realidad.  El Marqués de Sade  murió en un manicomio acusado de .

Existe también la categoría de reputados escritores que fueron condenados al ostracismo social no tanto por sus escritos como por sus experiencias en el terreno personal. Esto fue lo que le ocurrió al genuino escritor británico Lord Byron. Con su poema narrativo Las peregrinaciones de Childe Harold  se convirtió en uno de los poetas más influyentes y respetados de Inglaterra…  Hasta que llegaron los rumores.  Una relación extramatrimonial con su hermanastra y los supuestos malos tratos a su mujer, provocaron que el aristocrático escritor se convirtiera en el foco de todas las críticas. Ni su exquisito estilo literario pudo salvar al sexto varón de Byron de huir de la misma isla que antes le había idolatrado.

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Quisiera verla… mas me acuerdo que todo para siempre va a acabar;
la patria y el amor, todo lo pierdo…
pero llevo el dulcísimo recuerdo
de la sola mujer que puedo amar.
¡Todo acabó!

La vela temblorosa se despliega a la brisa del mar,
y yo dejo esta playa cariñosa
en donde queda la mujer hermosa,
¡ay!, la sola mujer que puedo amar.

           [La Partida, Lord Byron]

 

Ideología y valores

No todo cabalga entre vicios y virtudes, la ideología de un escritor interviene, consciente o inconscientemente, cuando nos enfrentamos a su obra.

La defensa  a ultranza de las aptitudes de ciertas personalidades que nos son afines ideológicamente es algo relativamente fácil y común. Lo realmente complicado es aceptar el talento de una personalidad que se aleja del patrón que consideramos justo, de aquellas ideas que defendemos como válidas, únicas y democráticas.

Aquel que sin embargo presente públicamente una actitud virtuosa y digna de ser halagada socialmente tendrá más predisposición a ser envuelto en elogios, resaltando de esta manera sus capacidades, incluidas las artísticas. Aristóteles ya hablaba en su Retórica de que el objeto del elogio son las “acciones buenas” pero “solo en cuanto que son virtuosas”. Algo así como hacer el bien, siguiendo unos criterios morales y éticos, con cierta habilidad y gracia.

Entonces cabría preguntarse qué es aquello que nos define como personas, ¿son nuestros valores?, ¿son los valores defendidos culturalmente?, ¿son nuestras acciones en sintonía o discrepancia con estos?, ¿es la manera en la que nos comunicamos con los demás?, ¿la habilidad que tenemos de transmitir u ocultar ideas y pensamientos que consideramos verdaderos?

Todos nos posicionamos de alguna u otra manera. Desde nuestra perspectiva, influida por cantidad de elementos externos e internos, vamos creando una verdad particular que no tiene por qué coincidir con la realidad. Víctor Moreno habla de “Juicios categóricos”,  la predisposición de algunas personas por  dejarse convencer de aquello que le interesa dejarse convencer” porque nadie se convence de aquello por lo que no está dispuesto”.

Si a esto se le añaden aquellos aspectos políticos y sociales del contexto al que pertenecemos, parece que la persuasión o la penetración de nuevas ideas y matices es  misión imposible.

En un ensayo antes inédito del periodista G. Orwell titulado La libertad de prensa, el periodista profetizó la actitud crítica de muchos ante su Rebelión en la granja:

“Estoy seguro de que la reacción que provocará en la mayoría de los intelectuales ingleses será muy simple: ‘no debió ser publicado’. Naturalmente, estos críticos, muy expertos en el arte de difamar, no lo atacarán en el terreno político, sino en el intelectual. Dirán que es un libro estúpido y tonto y que su edición no ha sido más que despilfarro de papel.

Cuenta cómo si los intereses progresistas de la sociedad británica no se vieran afectados, la opinión hubiera sido la contraria aunque “sus defectos literarios fueran diez veces más patentes”. Es decirque el valor estético de una obra literaria está también condicionado por su contenido.

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¿Y ahora qué?

Etiquetar o juzgar a otros es una práctica común arraigada en la sociedad. Lo cierto es que los seres humanos tenemos  un sinfín de facetas, concepto desarrollado por Hermann Hesse en  El lobo estepario, y  lo fácil es reducir o simplificar en dualidades al ser. Un mismo hombre puede tener infinidad de almas, así como formas de representarlas,  y en esta vorágine es donde reside precisamente la miseria humana. También su riqueza.  Por ello los escritores, héroes o bandidos,  necesitan más que una excelente retórica a la hora de rendir cuentas al lector en su medio social y natural,  regido por normas, instintos y deseos.

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