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Mafalda, desde otra piel

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Hace más de medio siglo el humorista Quino dio vida a Mafalda, una niña argentina famosa por su preocupación por la paz mundial y su crítica a las injusticias sociales del universo de los adultos. Desde su mirada inocente, analiza el mundo de la década de los 70 y comparte sus inquietudes con los lectores, entre las que se encuentran asuntos históricos como la  Guerra de Vietnam, el avance del comunismo, la liberación de la mujer y la fuga de cerebros de profesionales hacia otros países.

Mientras que unos emprendían el viaje a otras tierras, otros llegaban. También en esta época Latinoamérica fue destino de gran cantidad de españoles. Quino caricaturizó al inmigrante español en la figura de Manolito, el amigo más bruto de Mafalda, cuya familia había emigrado a Argentina desde Galicia.

Precisamente Galicia es el lugar de origen de otra Mafalda, una de carne y hueso, que no tiene nada que ver con Manolito aunque sí con la protagonista de las tiras cómicas.  Esta joven farmacéutica de Ourense además de compartir nombre con el personaje de Quino, dedica íntegramente su vida a rebelarse contra el mundo.

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Mafalda soto. Imagen cedida por Mafalda Soto.

Mafalda ya no contempla los bosques gallegos. Desde hace 7 años su escenario es la ciudad tanzana de Moshi, a las faldas del Kilimanjaro. Los protagonistas de su historia,  los albinos de África, un colectivo olvidado que por su condición genética intenta sobrevivir a los prejuicios, la marginación, los asesinatos, el tráfico de  órganos y  su mayor peligro: el potente sol del continente africano, bajo el que habita el mayor número de personas albinas del mundo.

En África los albinos tienen varios frentes abiertos, la discriminación se agrava y el rechazo social se vuelve una realidad con la que tienen que lidiar a diario, muchos se ven obligados a abandonar el hogar y ocultarse incluso de su propia familia: “Hay padres que abandonan a sus hijos porque son albinos. Imagínate en un sitio ya difícil de por sí que naces con ese rechazo, con ese estigma, creces  tú mismo automarginándote”, cuenta Mafalda desde Tanzania,  “esto se suma a que tienen mala visión, no ven la pizarra en la escuela y la dificultad de asistencia médica que hay en estos países agrava la situación”.

Por si fuera poco, entran en juego ciertas creencias ancestrales que instan a usar a estas personas como auténtica carne de brujería y se convierten en presas de una caza indiscriminada que desde  finales del SXXI se aceleró de una forma escalofriante. En este frente entran en juego las mafias. “Una  cosa va a caballo de la otra”, asegura Mafalda cuando se le pregunta por la convivencia de la fórmula prejuicios y negocio. Eso sí, la farmacéutica avisa de que no se puede caer en el sensacionalismo, ni en las generalizaciones, ya que son muchísimos los tanzanos que se escandalizan por este tipo de actuaciones: “Es algo muy aislado, no vamos a pensar que todos los tanzanos están locos”.

Pero cierta parte de la población, ligada a los brujos locales de la zona y la superstición, considera que algunas partes del cuerpo de las personas albinas son proveedoras de buena suerte. Sus extremidades y órganos son utilizados en prácticas rituales.  Literalmente se comercializa con ellos.  Por poner un ejemplo, la extremidad de un miembro de esta minoría étnica podría venderse en el mercado negro por unos 2.000 euros, lo que deja en evidencia que en un país donde la renta per cápita es tan baja, quien mueve los hilos de este drama humano son las personas poderosas.

Bajando de nuevo a las faldas del Kilimanjaro, entre la población albina y aquellos libres de convencionalismos, se encuentran los que no entienden  el por qué de este trato discriminatorio sólo por tener otro color de piel.  <La educación es la vacuna contra la violencia y la ignorancia>, ilustraba Quino.  Por eso para los albinos aún existe un rayo de esperanza, el combate contra los prejuicios y la guerra contra los efectos nocivos del sol en su sensible y delicada piel.

KILISUN, UN RAYO DE ESPERANZA

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Mafalda junto a un grupo de niños albinos. Imagen cedida por Mafalda Soto.

El albinismo es una anomalía genética heredada que altera la producción de melanina, lo que se traduce en la falta o disminución de pigmentos en la piel, ojos y cabello. Las personas que lo sufren presentan alteraciones en la vista, el oído y desarrollan graves enfermedades en la piel. Su condición les hace mucho más vulnerables a los rayos del sol, siendo especialmente propensos a padecer quemaduras y cáncer desde muy jóvenes.

También joven, Malfalda comienza su andadura por el continente africano en 2008 de la mano de la ONG ‘África Directo’. Allí realiza un voluntariado en Malaui, país desde donde operan las mafias que trafican con los albinos y los envían desde allí a Tanzania: “No me dio mucho tiempo a pararme a pensar, aquí había necesidad. Me fui inmediatamente con los ojos cerrados”, asegura la farmacéutica.

Fue entonces cuando Mafalda abre los ojos, se aleja de sus comodidades y toma contacto con los más marginados y olvidados de la zona: niños en riesgo de malnutrición, personas con sida, lepra y también el colectivo albino.

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Mafalda junto a un bebé albino. Imagen cedida por Mafalda Soto.

Precisamente es en esta fecha es cuando el  Gobierno Tanzano confirma el asesinato de 25 albinos, entre ellos niños, en  la región del Lago Victoria. Las distintas ONGS y los  medios de comunicación empiezan a alertar sobre esta realidad y el Parlamento Europeo emite una resolución que condena el tráfico de albinos. “Nos dimos cuenta que aquí hay extorsión, nos hicimos eco de estas matanzas y es cuando decido venirme a Tanzania”, declara contundente Mafalda.

La joven se percata de que existe aún un enemigo más peligroso y dañino que las mafias: “El 80% de los albinos se mueren con cáncer de piel antes de los 30 años, lo que realmente les mata es el sol”. Por ellos un buen día decide dejar su bata de farmacia para calzarse las botas y comenzar experimentar en un sótano de Tanzania, creando un laboratorio improvisado entre el barro y las moscas, hasta hoy.

Mafalda y su equipo  han conseguido con sudor y tenacidad crear Kilisun, una crema solar especializada en la piel de los albinos que se distribuye gratuitamente en el norte de África. “Yo soy mucho de la idea de demostrar que con poco puedo, pues imagínate con mucho.” Por eso,  gracias al trabajo y la ayuda de otras organizaciones con las que comparte misión como ‘Under The Same Sun’,  Kilisun es a día de hoy una realidad.

Un proyecto sostenible que ha llamado la atención de asociaciones como UNICEF que ya se han comprometido a ampliar la estela de distribución de la crema. También ha recibido el  reconocimiento que se merece con el segundo premio de la ‘Fundación de la Academia Española de Dermatología’.  “Tenemos que ir paso a paso”, dice paciente la joven y  recuerda cómo al principio los suyos no fueron nada fáciles.

La empresa química BASF, una de las más importantes del mundo, mantiene un acuerdo de colaboración con Kilisun desde que Mafalda se presentó en su sede en Alemania con las cremas en los bolsillos y mucho que contar: “Mandé e-mails a diestro y siniestro y me pusieron en contacto con uno de los jefazos”, asegura Mafalda.  Ahora esta empresa líder es la que se encarga de todas las pruebas de factor de SPF, el Factor de Producción, WaterProof, y demás controles técnicos, que no son obligatorios pero en este caso sí necesarios.

Kilisun no es una crema de protección cualquiera, está adaptada a las necesidades de este colectivo que por su condición social viven en el campo, están muy expuestos al sol y con suerte tienen un techo con el que cubrirse de sus rayos nocivos. El clima en esta región es muy cálido y las condiciones higiénicas no son las más apropiadas: “Nosotros lo que necesitamos es nutrir, lo que buscamos es pura protección para ellos”, por eso se necesita un producto pensado para el público al que se dirige, “la crema tiene que estar acorde a la realidad social, es decir, acorde a su piel pero también a la realidad social”. El formato de la crema Kilisun está  ideado para que se quede la mayor cantidad de producto en menos superficie, es decir, además de dar una mayor protección precisa de una mejor cobertura, una textura pensada para este tipo de personas.  También se necesita un producto muy termoestable, que no contamine a la hora de aplicarlo con las manos y que resista al calor y a la sudoración.

Algo tan importante como hacer el producto es garantizar la distribución, y sobre todo, sensibilizar a la población con “mucha educación, mucha educación, mucho, mucho machaque y sobre todo responsabilidad”, recuerda Mafalda. En este aspecto entra la formación a los profesores, a los cuidadores, a las matronas y a los propios albinos mediante charlas e instrucciones de para qué sirve, cómo y cuándo aplicarlo y la importancia de la prevención. Un ejemplo de esta concienciación es que para potenciar la importancia de la gratuidad del producto, una vez que se ha acabado la crema y necesitan más, se pide de vuelta el bote vacío a los colegios donde se internan los albinos  para su reutilización. “Nos mandan la caja por autobús y nosotros enseguida les enviamos el nuevo”, cuenta la joven, de esta manera son conscientes de la importancia que tiene la crema que les están dando.”

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Mafalda y su equipo. Imagen cedida por Mafalda Soto.

Mafalda ya no está sola, resalta la suerte que tiene de estar rodeada de personas que sueñan con lo mismo que ella, con hacer de este lugar un mundo mejor. “Todo el mundo apoya pero al final las manos, el corazón y la cabeza de la gente local que está haciendo esto son imprescindibles”, cuenta emocionada, “somos un equipo que estamos trabajando, haciendo educación, acallando estigmas, intentando luchar contra la discriminación y realmente me parece importante que sea esto lo que salga en los medios.”

Al final de la conversación, nuestra Mafalda de carne y hueso muestra un débil signo de flaqueza y admite que el desgaste de estos 7 años es muy fuerte, “cuando estás tanto tiempo peleando en la oficina con proveedores, con distribuidores, con el Gobierno…” pero enseguida coge fuerza, y entre bromas  asegura que “se ha convertido en una pedigüeña profesional” y  desvela los siguientes pasos del largo camino que les queda por recorrer.

“Pensando en nuestro proyecto, necesitamos financiación, estamos trabajando mucho con el Ministerio de Salud para hacer presión gubernamental, para que el Gobierno se haga cargo de la crema, que nos compre el producto es una idea que lleva desde el principio y que va bastante bien”, cuenta la joven. De momento, hay bastante eco nacional de que esto va a pasar, si el Gobierno se hace cargo de distribuir el producto a través de sus mecanismos sería una buena solución a la sostenibilidad del mismo, “pero hasta que esto pase seguimos necesitando financiación, y es aquí donde los medios nos podéis echar un cable haciendo eco de nuestro trabajo”, asegura Mafalda.

Aunque aún hace falta camino, Kilisun es ya un rayo de esperanza para los olvidados y ha crecido de forma asombrosa desde los inicios.  Gracias a toda esa gente implicada en el proyecto se podrán sortear los obstáculos a base de trabajo, esfuerzo y sobre todo mucha ilusión.  Así pues no paren el mundo porque los hay quienes no se quieren bajar de él.

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